El Barbero de Sevilla

viernes, 2 de noviembre de 2012

 
 El Barbero de Sevilla en Bellas  Artes, 2012.



Una presentación de esta obra maestra de Rossini es siempre un acontecimiento que espero con emoción y angustia. Emoción porque antes que nada espero una interpretación musical y escénica de mucha calidad; angustia porque muchas veces no se alcanza la calidad que espero y a veces, como en 2007 en el mismo teatro, atestiguo una verdadera masacre de este querido Barbiere.
El caso es que esta vez la emoción tuvo su recompensa y la angustia no tuvo razón.
La interpretación musical, sin la cual la escénica es irrelevante, fue espléndida, en general.
El Figaro de José Adán Pérez fue una sorpresa muy agradable, no porque Adán no lo pudiese hacer con aplomo y musicalidad, sino porque es la primera vez que lo oigo y veo, con un resultado más que satisfactorio. Carsten Wittmoser nos dio una gran alegría al deslizar su voz por todo el registro de Basilio y al hacer explotar su voz en el momento adecuado y sólo en ése. Stefano de Peppo, quien no había regresado en mucho tiempo a Bellas Artes dio vida al Doctor Bartolo con una bella voz aunque, y de algo debo quejarme, con una imperfecta coloratura en su aria. Celia Gómez y Amed Liévanos cumplieron en sus intervenciones.
Javier Camarena se superó como Almaviva logrando, en mi opinión, la mejor interpretación que le oído en este papel. Su cavatina de apertura “Ecco ridente in cielo” fue excelente. El dueto con el Figaro de Adán Pérez fue hermoso, así como su personificación del soldado borracho e insolente. Todavía me río de “Pace e gioia sia con voi” y recuerdo su emoción en la escena de la lección de canto. El equipo “creativo” y el tenor decidieron no cortar el aria final “Cessa di più resistere”, lo que hace hasta hace unos diez años raramente se hacía. En esta ocasión agradezco el que no se haya cortado pues el resultado fue tal, que los ocho minutos de un texto redundante y de inmovilidad en la escena, fueron compensados por mucho con la interpretación musical perfecta de Camarena que motivó un silencio, beatífico no sepulcral, del respetable y una explosión de aplausos al terminar el aria.   
Otro miembro del reparto, sin el que la función no hubiese sido lo que fue Cassandra Zoé Velasco, quien a su tierna edad, nos regaló no solo una gran Rosina, sino una promesa de otra estrella en el firmamento operístico del mundo. No perdió la oportunidad de lucimiento que da Rossini a las mezzos en “Una voce poco fa”, haciéndonos entender musical y escénicamente cada detalle de la personalidad de la heroína del cuento. También se lució y nos dejó ver su coquetería y vis cómica durante la escena de la lección. Es mi firme creencia que esta joven brillará más pronto que antes, pues cuenta la materia prima, musical, presencia y actuación, necesaria para lograrlo, materia prima que deberá seguir trabajando hasta lograr hacer de su potencial una realidad.
Pocas veces he gozado en México los números de conjunto que nos regalaron los miembros del reparto, en especial el quinteto que en efecto logró que todos los presentes tuviéramos una “Buona sera”.
Marco Balderi realizó un buen trabajo al frente de la orquesta y el coro, que sigue sintiendo la benéfica mano de Xavier Ribes. Por cierto, aunque respeto la forma respetuosa en la que las secciones sindicales de los trabajadores de Bellas Artes manifestaron su oposición a la Reforma Laboral, apuesto a que muy pocos de ellos han leído la tal Reforma. Lo que espero como asistente a Bellas Artes es que la parte ínfima de los impuestos que pago se usen adecuadamente en la artes, excluyendo las marciales mixtas, para lograr resultados de calidad.
Dejo la dirección escénica para el final. En mi opinión el concepto empleado por Juliana Faesler respetó cuidadosamente la obra de Rossini, logrando armonizar una versión feminista con la obra pre-revolucionara de Beaumarchais, que continuaría con una segunda parte mucho más política y feminista, ‘Le nozze di Figaro’. El auto-encierro de Rosina en la jaula fue un toque genial, no solo por su significado, sino porque aprovecha cabalmente el temporal, en el que muchos directores de escena solo hacen payasadas. Lo no tan genial fue presentar a Bartolo como un oficial de los camisas negras de Mussolini, o de los falangistas pues se trata de Sevilla ¿o no? y a muchos de ellos agitando banderas negras al final del primer acto y blancas como homenaje al triunfo del amor. La codirección actoral de Clarissa Malheiros fue estupenda, destacando la entrada de seis figurantes en la antedicha jaula. La escenografía e iluminación de Juliana, con Sergio Villegas en el caso de la escenografía y el vestuario de Mario Martín del Río enmarcaron muy bien esta producción.
Al final de la función se respiraba un ambiente de alegría y satisfacción, siendo notable el haber constatado que quienes estuvieron sobre el escenario fueron quienes mas se divirtieron por fortuna, pues esto es lo que, aunado a una buena interpretación musical y escénica, hace que esta ópera sea una de las favoritas del público.
Como colofón quiero decir que esta función me hace repetir: “Una ópera de Rossini al mes es la receta perfecta para resistir los momentos malos que nos da la vida”.
Luis Gutérrez